sábado, 4 de septiembre de 2010

LLuvia (I)

Des historia.


Hay momentos del día en que la inspiración retrocede sobre sus huellas para permitirme alcanzarla.. tocarla con la punta de los dedos.. o la lengua.. o la nariz (es lo mismo) para luego escapar en un suspiro.. estornudo.. o vomito.. tras los rayos del sol, que retroceden al oeste dejando paso a las sombras mas negras imaginables. Las del vacío. 
Generalmente esos momentos suelen coincidir con otros momentos en que alguna urgencia lo ocupa todo, y demanda todos los pensamientos del lado izquierdo de la mente dejandole a los dedos poco tiempo para intentar eternizar (?) toda esa pasta mental, que huele a Temperley.. que sabe a tu pelo, a tu boca tan carnosa e infinitamente deseada, y que se desparrama en el plano intangible de estas lineas.. o los dictadores renglones de cualquier cuaderno vetusto..
Era el cuarto asiento fila simple del interno dos veintiuno.. Tristan Suarez se hundía sin ahogarse en una especie de lluvia avergonzada.. de finas gotas que ni llegaban a serlo, pero molestaba. Todo molesta.. la ventana estaba empañada y no se puede distinguir que pasa del lado de afuera.. aunque no pase nada. La sudestada lo era todo.. quería llegar a casa.. encontrar alguna respuesta-cianuro que derrumbe las ilusiones sin las mas mínimas sospechas de un asesinato descarnado y sangriento.
Ahí estabas... creí sin verificar.. la lluvia intensa no me dejaba alejar de la ventana... de mi ventana sin empañar y limpia... como lamida por mil gatos, ya en casa. Prolongando la lenta muerte de sentirte totalmente indiferente.. o perdida por la desidia de nuestros propios desatinos, las buenas y malas decisiones, esas jugarretas re putas del destino para dejarme solo frente a vos y tu presente, que se presentaba enorme ante un yo en ruinas, a mitad de camino sin siquiera saber aun que soy y que quiero de esta vida sin side car.. de estos mil doscientos años de soledad para contemplar la luz, aprender a amar lo absoluto y dejar de marearme en las alturas mas insignificantes, groseras y viles de las palabras que se dicen sin decir o se regalan como caramelos a los perros que dan la patita.

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